domingo, 30 de agosto de 2015

Respondiendo a Adrián Massanet (II)

Tengo a dos de mis hijos, profesores de universidad, pasando conmigo este maldito mes de agosto, ninguno de ellos lee lo que yo escribo porque no están de acuerdo con lo que sostengo, él, hijo político, y hombre de una curiosidad insaciable es, como buen empresario que ha sido, esencialmente ultraliberal y, por tanto, desde mi jodido punto de vista, un ultraderechista incorregible, pero es tan inteligente que se niega rotundamente a hablar conmigo de temas políticos porque me quiere mucho y no desea disgustarme.
El otro día, mientras nos bañábamos, les hablé de ti. Y, al día siguiente, saqué del archivo un post tuyo del 20 septiembre, 2012, que titulabas Elitismo y junto con tu entrada del otro día, los pasé por la impresora y se los llevé, encareciéndoles que lo leyeran porque lo considero una de las más altas expresiones del existencialismo juvenil que yo haya leído nunca.
No sé si lo han leído, no sé si lo leerán, ellos tienen mucho cuidado con evitar no sólo lo que yo escribo sino también lo que leo porque me consideran tan profundamente equivocado que mi hija dice que soy y pienso como un niño y que mi idea central sobre el mundo y la vida  la han refutado científicamente muchas veces y ya están cansados de hacerlo.
Esto me enfadó, porque me pareció entrever en ello un supremo desprecio hacia mi,  un tío que no es profesor universitario, pero que llevo siglos ya bebiendo directamente de las fuentes de las mejores luminarias del pensamiento universitario mundial.
Me decía mi hija que mi concepto de la izquierda y de la derecha, que ni siquiera ha querido conocer, estaba equivocado porque yo tildaba de tíos esencialmente despistados que o no eran de derechas o no podían ser del Barça a unos amigos suyos, miembros del PP, que van en las listas de alcaldables por este partido, y que adoran al Barça con todas las fuerzas de su corazón.
Y en este momento, caigo en la cuenta de que esto es algo parecido a lo que a ti te ocurre con Nadal.
La izquierda es el amor insobornable a la verdad y la defensa hasta la última gota de sangre de la justicia.
De modo que no se puede aborrecer a muerte a la mentira, amar sobre todas las cosas a la verdad, defender con todo lo que se halla a tu alcance la justicia y ser hincha del Real Madrid, RM, que practica el arte de la mentira sobre todas las cosas y que atropella todos los derechos del mundo, como arquetipo que es del neoliberal capitalismo mafioso nazifranquista.
O a la inversa: vivir para perpetuar la injusticia social, afirmando rotundamente que se hallan en posesión de la verdad mientras machacan a otros seres humanos sólo porque han nacido en otra clase de cunas y sentir pasión por el Barça, que ya lo decía yo ayer, tomándolo de Vázquez Montalbán, es el ejercito desarmado de Catalunya, que sufre desde hace muchísimos años la persecución implacable de todos los poderes fácticos de la ultraderecha.
Pero, volvamos al tema, Adrián.
Me ha parecido entender que eres existencialista. Yo también lo fui, cuando acababa de leer El extrajero, de Camus y La náusea, de Sartre.
Y adoro hasta la veneración a Nietzsche y Ciorán, si bien del primero, discrepo en algunos casos radicalmente. No así de Cioran. Sus Silogismos de la amargura han sido durante mucho tiempo mi libro de cabecera. En cuanto a Wilde, lo he estudiado a fondo porque para mí su galanura al escribir y su elegancia al pensar son realmente insuperables. Mi padre me aficionó a la lectura haciéndome leer Un marido ideal, El abanico de lady Windermere y La importancia de llamarse Ernesto.
Pero Sartre, el tío que tuvo los cojones de decirle a la Academia Sueca que se metieran el Nobel por el mismisimo culo, superó la angustia existencial de La náusea para escribir Las manos sucias, El Diablo y el buen Dios, después de haber escrito lo mejor que yo haya leído nunca, Las palabras.
Porque el nihilismo como especificidad del spleen está muy bien cuando uno a lo que aspira es a escribir Walden mientras disfruta de unas buenas vacaciones salvajes en el bosque.
Pero el hombre se halla situado “in media res” y, aunque lo pretenda, de ahí la grandeza de Aristóteles, que creo que fue el primero en verlo, no puede aislarse del mundo y refugiarse totalmente en sí mismo porque entonces contradices frontalmente el precepto de Terencio: “homo sum et nihil humanum mihi alienum puto”, soy hombre, joder, y pienso que nada humano me es ajeno, porque si no fuera así, yo dejaría de ser hombre.
O sea que el nihilismo, el elitismo, el ser radicalmente invencible en tu actividad, el entregarte a una pasión ya sea el tenis o el existencialismo, no es sino la mayor muestra de narcisismo, de egolatría. De nada, absolutamente de nada, le ha servido a Nadal, socialmente, ser el primer tenista del mundo, mientras le ha durado esa especie de fuerza salvaje que poseía, y no haber aprovechado ese don, toda la claridad viene del cielo, es un don, para hacer realmente algo definitivo para los demás. Todo lo contrario, ha desaprovechado su don al entregarlo a una de las peores causas del mundo, lo que es, significa y representa el RM: la mentira, la injusticia, le prepotencia y  el peor de los nazifascismo del mundo.
Dices en tu comentario a último post: “Pero la verdad, lamentablemente, depende del punto de vista de cada uno”. 
No, radicalmente, no. Lo siento infinitamente pero no comulgo con esa nueva postura que propugna que no hay verdades absolutas, que afirma que todo es relativo. NO.
La verdad la definió el clásico afirmando que es “adequatio rei et intellectus”, la adecuación, la concordancia de la cosa con el intelecto, con la razón, o al revés, la concordancia de la razón, de nuestro instrumento de pensar, con lo que hay a nuestro alrededor, con la jodida realidad.
Ahí, nos duele, no podemos ir por la vida refugiándonos en puñeteras coartadas si es que realmente queremos ser lo que somos, seres inteligentes, que pensamos, y mucho, sobre todos los demás, sobre todas las cosas. 
Nuestro punto de vista sólo es “sólo nuestro” si nos empeñamos en enmascarar la realidad porque, fuera de nosotros, existe una medida objetiva capaz de cosificarlo, de “realizarlo” todo: la propia experiencia, el jodido, el puñetero empirismo.
Que el liberalismo es una monstruosa mentira lo demuestran sus resultados objetivos.
Si dejamos que sea la productividad empresarial la que rija el mundo, éste acabará por autodestruirse de mala manera.
Por eso, tampoco estoy de acuerdo con esa otra de tus afirmaciones recurrentes: no existe realmente la moral, ni lo bueno ni lo malo, sólo existe lo que es: 
.... ¿Y si la bondad no es bondad, si la maldad no es maldad? ¿Y si nada es?
Desde tu punto de vista, creo, corrígeme si me equivoco, la plebe, el jodido pueblo que curra, sufre y muere, merece al menos que la gente más inteligente, más sufrida, como tú por ejemplo, les tenga en consideración. ¿Y eso por qué? ¿Qué han hecho ellos? ¿Han elegido el camino correcto? Según tu punto de vista, el hombre es una mierda, pero merece una oportunidad. ¿Te has parado a pensar que eres más optimista, más generoso, que yo? Creo, sinceramente, que lo eres. Eso no es ni bueno ni malo. Es, sin más.
No quiero volver a las cavernas, ni a los bosques ni a las montañas. Quiero otra cosa. Quiero creer que aunque somos una puta mierda, el hombre es capaz de algo más que matar, comer, follar, dormir y morir. Pero no por optimismo, en realidad es por existencialismo. O mejor dicho, por nihilismo. Porque si el hombre sólo es capaz de eso, entonces sí que soy una bestia.
Y, si soy una bestia, quiero saberlo ya. Porque dioses no existen”.
Si escribiera aquí, ante el ordenador, con sombrero, me lo quitaría ante ti.
Porque yo, cuando pensaba como tú, no fui capaz nunca de expresarlo así.
Pero estos jodidos y asquerosos 86 años han producido el milagro de que, ahora que ya puede decirse que no estoy aquí, me aferro como a un clavo ardiendo a lo poco que, necesariamente, me queda de vida.
Tal vez sea por la enfermedad de mi mujer, -lo que ahora he descubierto es lo que más he querido, y quiero, en la vida-, pero, de repente, todo lo que hago, todo lo que puedo hacer por ella me parece poco, muy poco, nada, me gustaría coger el mundo, todo el mundo, entre estas tristes y escuálidas manos, y traérselo a ella, ponérselo sobre su regazo, para que ella lo tocara con las suyas, con esas manos que tanto adoro.
Y compruebo que  este amor inútil, que a ella ya no le sirve para nada, es lo único que justifica mi vida, o sea que son precisamente los demás y lo poco, qué tristeza más infinita, que podemos hacer por ellos, lo único que justifica nuestras inútiles vidas.
Por eso soy comunista, porque quiero compartir con todo el mundo no sólo lo que tengo sino también este inmenso dolor inacabable que inunda mi alma y que me hace llorar como aquel niño que fui hace ya tanto tiempo.
No puedo, pues, ser un dios, como apuntaba el genial estagirita, puesto que me siento herido de muerte por este dolor que te aseguro que es absolutamente insoportable, pero tampoco soy una bestia porque ellas me parecen incapaces de sufrir este dolor, esta desolación inmensa ya que para ello tendrían que ser como nosotros, seres dolorosamente humanos.
Y nada más por hoy, Adrián. Vale, que, como se despedía Cicerón, quiere decir que te vaya muy bien pero, sobre todo, que tengas salud.

viernes, 28 de agosto de 2015

Respondiendo a mi admirado y gran amigo Adrián Massanet:




Adrián Massanet dijo...
Hola, amigo combativo, ¿cómo estás? Espero que lo mejor posible.

Te escribo después de mucho tiempo, pero primeramente te mando un abrazo sincero.

Claro que el estado no es la solución. Me traes ecos de Henry David Thoreau, eso de que el hombre únicamente podrá prescindir del estado cuando esté preparado para ello.

El estado ni siquiera es un mal necesario, sino el sistema que necesitamos para sentirnos más seguros, que todo tiene un orden, un sentido. Y, en realidad, nada lo tiene. Es decir, que somos unos cobardes, y cuando dejemos de ser cobardes, no necesitaremos un sentido ni un orden. Y cuando eso pase prescindiremos del mal necesario, de una superestructura que soñamos nos protege cuando en realidad nos somete.

Y ya no será el estado un problema, y dejaremos de pensar que es la solución. Porque sólo es una idea, otra de las ideas a la que nos aferramos, aún sabiendo, quizá, inconscientemente, que es una idea falsa, innecesaria, dañina, que abunda en nuestra debilidad.

Otro mundo no es que sea posible, es que es seguro. Solamente nos empeñamos en no verlo. Igual ese otro mundo es oscuro y terrible, pero es verdadero. Y quizá dentro de 500 o 1000 años el hombre esté preparado para ese mundo, y ya no existan pequeño burgueses, ni cobardes, y seamos libres para luchar, morir, vivir, con todas las atroces consecuencias que eso conlleva, sin el peso que una superestructura oprime sobre nuestra libertad para estar desamparados.

Un saludo afectuoso.

27 de agosto de 2015, 11:11 Eliminar



Querido Adrián Massanet:

Dicen los libros sagrados, Evangelios, parábola del hijo pródigo, que hay más alegría en la casa del padre por la vuelta del hijo pródigo que por todo lo que hacen los hijos normales. Y tú, junto con mi querida y añorada Lucía M. Mur, por otro nombre Lisístrata, sois mis queridos hijos pródigos que no sé muy bien por qué habéis abandonado la casa del padre, o sea, la mía.

Los artistas sois hombres esencialmente marcados por vuestra singularidad personal por lo que, salvo pocas excepciones, Miguel Hernández y Picasso, no tiráis nunca al monte de la solidaridad social, es más, para vosotros, el pueblo es la masa amorfa, el populacho, la plebe.

No es extraño, pues, que entre tus héroes se halle, por ejemplo, Nadal, un tío que, como será, que, siendo de familia barcelonista, con un tío carnal defensa titular durante muchos años del Barça, es un furibundo seguidor del RM.

Esto, ya de por sí, lo descalificaría para siempre porque ser del RM es ser hermano, casi hijo o casi padre de un tipo como FP, el archiejemplo de liberal neocapitalista reaccionario, un tipo tan insolidario, tan prepotente, tan ególatra, que ha modificado los Estatutos del Club para que no pueda haber nunca otro presidente que no sea él. En actitud completamente acorde a sus posturas vitales: se ha vinculado estrechamente con lo más retrógrado de la política nacional en orden a concurrir y obtener todas las licitaciones administrativas del Estado, cuyas concesiones garantiza con contratos absolutamente leoninos, como sus Estatutos madridistas, de tal manera que, si por casualidad, la concesión no pudiera llevarse a buen término por causas ajenas a la voluntad de cualquiera de las partes, la indemnización sea tan suculenta que supera al cumplimiento del contrato, tal como ha sucedido ya en el Caso Castor, cuya indemnización de casi dos mil millones de euros le tenemos que pagar todos lo españoles en nuestros recibos del gas “in eternum”.

Frente a esta indecente postura tenemos al comunismo, cuyo mandamiento esencial es: todo lo que tengas, todo lo que seas, para la sociedad, y, para ti, tan sólo lo que sea imprescindible para la supervivencia tuya y de los tuyos. Es lo que yo llamo imperativo categórico marxista.

Todo marxismo, todo comunismo, por supuesto que es antiestatista  por ser esencialmente anarquista.

El socialismo, el marxismo, aborrece el poder por su propia naturaleza pero eso es en su fase primigenia, primitiva, embrionaria.

Como yo digo cuando hablo de mi maestro Foucault, todo poder es perverso por naturaleza y tanto más aún cuando ese poder se oficializa. Pero sin poder es imposible la existencia de la vida humana, diga lo que quiera tu admirado Thoreau, seguido por Ghandi, Martín Lutero King “et alteri”.

La opinión de todos estos señores tiene un altísimo valor para mi, pero no llegan a la altura del maestro de maestros, Aristóteles.

No sé muy bien por qué, no sé realmente lo que ocurre, pero todos los días me veo obligado a citar al famoso estagirita.

Lamento infinitamente que mi sistema de escritura actual no me permita citarlo textualmente, en griego, pero creo que la frase del maestro está grabada con letras de acero en el imaginario de todos los grandes pensadores: el hombre es un zoon politikon, un animal político, y precisa forzosamente vivir en sociedad hasta tal punto que puede afirmarse que el hombre que no es político o es un dios o una bestia.

Y la polis no es sino la forma primigenia del Estado griego, a partir de ella el Estado no ha hecho sino evolucionar. Sin la polis, sin el Estado nuestra vida no sería sino como la de los animales.

Sin el Estado, los poderosos masacrarían inmisericordemente a los débiles, como ahora mismo están haciendo los neoliberales capitalistas, sí, ésos que dicen que “el Estado no es la solución sino precisamente el problema”, o sea lo mismo que parece que dices tú,  sin el Estado, los delincuentes andarían libremente por las calles y los ciudadanos normales no podríamos acceder a ellas.

Ya sé, porque además, lo recuerdas en tu comentario, que la moral cívica o acívica que propugna Thoreau, es una moral de hombres no ya valientes sino suicidas y que no está al alcance de seres humanos normales vivir libremente en la selva, lejos de las ciudades.

Y yo, lo siento, te juro que lo siento, soy un hombre tan normal y tan cobarde que me horroriza pensar no sólo en ir por libre en medio de la selva sino también vivir, convivir, en una ciudad sin policías y jueces, y, como tú sabrías, si me hubieras leído lo suficiente, no hay nadie más crítico con la policía y con los jueces que yo, que he pasado la mitad de mi vida entre ellos, porque muchos de ellos han pervertido, pervierten y pervertirán siempre su función, de ahí lo que se dice en el célebre diálogo entre Sócrates y Platón, “qui custodiat custodes”, ¿quién vigilará, quien nos protegerá de los jueces?

O sea que no es necesario irse a vivir a los bosques para comprobar, desde lejos, cómo y de qué manera se malvive en nuestra sociedad actual, pero lo que hay que hacer es intentar cambiar las cosas desde dentro y eso es lo que estamos intentando algunos grupos de personas de una ideología marxista.

Y no tomes este post como una crítica personal a ti, porque yo sé muy bien cómo eres, un artista integral, y, como decía al principio, vosotros, los artistas, con poquísimas excepciones, tenéis sobre los ojos una especie de venda inconsútil que os impide ver otra realidad que no sea la vuestra.

Todo mi afecto para ti y un ruego: que no seas tan caro de leer.



jueves, 27 de agosto de 2015

Muerte, ¿dónde está tu victoria?

Seguimos a vueltas con el dilema liberalismo versus intervencionismo estatal y en este orden de cosas no tenemos más remedio que referirnos al maldito binomio, Thatcher and Reagan,
“El Estado no es la solución sino precisamente el problema”.
Y nos vamos a la cuna y más alta representación de las tesis liberalistas, los Usa.
¿Qué es lo que está pasando, realmente, en los Usa?
Que la máquina de hacer dinero, falso dinero, porque no corresponde realmente al capital-país, está funcionando a marchas forzadas por lo que una especie de superinflación domina el imperio. Porque el dinero, no lo olvidemos, no es, no debe ser más que un símbolo, la representación mercantil de la verdadera riqueza de un país, del estado real de su economía y los Usa están echando mano de la máquina de imprimir dólares, que no sólo es su moneda sino también el denominador común de todas las monedas del mundo, o sea, que toda la economía mundial es más falsa que Judas.
Y, entonces, viene, llega el supermonetarista Milton Friedman y afirma rotundamente que esto es precisamente lo que hay que hacer y se hace y el mundo real se convierte en una especie de laboratorio en el que los usanianos llevan a cabo todos sus experimentos y van al Chile de Pinochet y lo salvan, y, después, a otro sitio más, y otro y otro, y el mundo se salva íntegramente y se convierte en esto precisamente que ahora tenemos y que no es sino la aplicación al límite de las teorías liberalistas.
Pero ¿qué es lo que realmente sucede?
Que el mundo entero se halla en quiebra y que lo poco que parece que funciona lo hace de una manera absolutamente irreal, con las máquinas de hacer dinero falso, la Reserva federal usaniana y el Banco Central Europeo haciendo billetes como si fueran churros, e inyectándolos de mala manera en una economía que se pretende real, de modo que la pregunta que se impones es: ¿hasta cuándo va a durar todo esto?
Y ya no están esos dos grandes sabelotodo, Thatcher y Reagan, ni siquiera el eximio Nobel Friedman para decírnoslo.
De modo que estamos dando verdaderos palos de ciego en una economía desmandada que pide a gritos una mayor y mejor intervención estatal lo que, por ahora, con carácter general sólo puede hacerse en la Unión Europea, que lo está haciendo tan bien que así nos va.
Ayer, escribíamos de las didificultades que está pasando China, y los otros brics también, en este mundo asolado por tan graves turbulencias económicas.
Y apuntábamos que allí, en aquel enorme país asiático, equivalente a la séptima parte de la población mundial, las cosas no van tan bien como debieran.
¿Por qué, porque las políticas económicas mixtas que allí se practican no son realmente las acertadas o porque, a pesar de su relativa independencia del resto del mundo, lo que pase en éste tenía que acabar por afectarle, como así ha terminado por suceder ya que en el mundo totalmente globalizado de hoy aislarse de éste en una especie de compartimento estanco es absolutamente imposible, tanto más cuando los magníficos resultados de la economía china hasta ahora se habían basado, sobre todo, en la exportación masiva de sus productos?
Y, ahora, hay una crisis por el abaratamiento de las materias primas, lo que significa que los países exportadores de éstas no tienen más remedio que entrar en recesión porque han perdido miles de millones de ingresos fáciles que no pueden ser sustituidos por otros.
Esta es la situación.
Y de la solución que China, Rusia y los otros países emergentes den a esta gravísima crisis, creanlo, depende, de una u otra manera, el destino de todos nosotros.

miércoles, 26 de agosto de 2015

El fin de la historia

He constatado en mis contadores de visitas una notable baja de visitantes e interpreto que esto es debido al tema de mi último post, El becerro de oro, sobre la lucha a muerte entre el liberalismo y el comunismo.
 
Es absolutamente lamentable que un tema como éste no interese a la gente. Increíble. Porque en él se está jugando definitivamente el destino del mundo, de la humanidad futura.
 
Decía Francis Fukuyama que había llegado ya el fin de la historia precisamente por eso, porque ésta había demostrado que no hay otra salida que el liberalismo, que, irradiando desde los Usa, se había implantado definitivamente en todo el universo.
 
Y si eso es así, el usajaponés tiene toda la razón: no hay nada más que rascar y ajo y agua. No hay otra solución que aguantar la insoportable tiranía del neoliberal capitalismo.
 
Pero, imperceptiblemente, por un rincón de esa historia, tan apresuradamente finiquitada aparecieron, lo que alguien llamó Brics, las economías emergentes de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que representaba, cada una de ellas, sendas excepciones a la regla general
 
Pero, sobre todo, China.
 
China es, en estos momentos, el laboratorio del mundo. 
 
Porque está aplicando una simbiosis económicas seguramente única en todo el universo, una mezcla del liberalismo mercantil con el comunismo más marxista.
 
El Partido Comunista Chino, PCCH, rígidamente imperante en el gigantesco país asiático, está tratando de implantar un nuevo modelo de economía política que, de triunfar, significará el cambio de paradigma en dicha ciencia.
 
Y todo funcionaba maravillosamente con incrementos de su PIB que llegaron incluso a los dos dígitos, cuando de repente, zas, con inmensa alegría de todo el mundo, parece como si esa exultante e insultante economía asiática hubiera hecho crack porque no sólo es que su crecimiento actual ronde el 7% sino que incluso sus famosas Bolsas de Valores han comenzado a hundirse parece que irremediablemente, a pesar de la activisima intervención del Estado.
 
Como digo, es uno de los momentos cruciales de la historia de la humanidad: si la economía china se va al carajo, “consumatum est”, como dicen que dijo Cristo en la cruz, “todo se ha acabado” y a comprar toda la vaselina del mundo para que la ya irremediable sodomización de todos los habitantes del planeta nos sea leve.
 
Pero yo, sinceramente, no creo que esto vaya a suceder.
 
Como ocurre ahora mismo en otro país del mundo, Venezuela, en estos dos escenarios mundiales, se están librando a muerte las 2 guerras decisivas para el destino de la humanidad.
 
Si en Venezuela esas fuerzas insurgentes espoleadas, sufragadas, inspiradas, dirigidas por los Usa y sus adláteres imponen su dictado,  todo el cono sur de la América latina será derrotado quizá para siempre porque se habrá acabado con toda esperanza redención autóctona.
 
Del mismo modo, si los Brics, pero sobre todo China, no logran resolver sus extraordinarios problemas de crecimiento fuera de la órbita del neoliberal capitalismo, la brics se habrá convertido en el rip, “requiescat in pace”, y la humanidad descansará en paz inexorablemente para siempre y, vuelvo a repetir, el usajaponés de Fukuyama habrá acertado, no es que se haya impuesto el fin de la historia, sino, desgraciadamente, el fin del mundo.
 
 
De modo que no es baladí lo que ahora mismo se está jugando en el mundo y no comprendo el desinterés general por esta cuestión, es, probablemente, el momento más importante de toda la historia, ya que el devenir de todos nosotros se halla definitivamente en juego.

martes, 25 de agosto de 2015

El becerro de oro

La izquierda culminó definitivamente su suicidio político cuando, siguiendo la clamorosa traición de Felipe González, admitió “urbi et orbi” que no había otra salida vital en el mundo de hoy que el liberalismo.
Porque es probable que la más rápida de las maneras de que el oro mane de las fornidas empresas modernas sea ese liberalismo rampante que nos está acogotando contra las cuerdas en este inacabable combate de boxeo mortal, pero en modo alguno es la única y, desde luego, no es la mejor porque China y los demás países de las Brics están demostrando cumplidamente que se puede crecer a buen ritmo sin aplastar inmisericordemente a las clases populares.
Pero, claro, de esto nunca nos hablarán nuestros diarios si no es para mentirnos diciendo eso de que, en China, los trabajadores mueren sentados en sus incómodos puestos de trabajo por cuatro cochinas perras, por lo que deben de ser otros tíos los que baten todos los años los records del mundo de compra de automóviles y de pisos nuevos de tal manera que han provocada el mayor de todos los problemas de contaminación de todas las naciones.
Porque esto es lo que el cinismo liberalista sostiene sin que se le caiga la cara de vergüenza: que en China existen dos problemas esencialmente incompatibles entre sí: 1 ) la omnipresencia de salarios irrisorios y 2 ) el mayor problema medio ambiental del mundo, causado por el incremento exponencial de los motores de combustión de sus automóviles y la multiplicación parece que hasta el infinito de millones y millones de pisos de nueva construcción, que ocupan sus nuevos propietarios sin importarles mucho, a lo que parece, el problema de contaminación que los invade.
Pero, como siempre, ya me he ido por los cerros de Úbeda.
Lo que yo quería demostrar, como siempre, matemáticamente, es que, como siempre, también, se nos está mintiendo descaradamente.
Ese liberalismo que proclama dogmáticamente que sólo se puede progresar en el aumento del poder económico mediante la imposición sin ninguna clase de cortapisas del dogma liberal de que el progreso economico real sólo puede conseguirse no sólo permitiendo sino tambien protegiendo  ad libitum  la libertad omnimoda de los mercados, está fracasando allí, en China, donde un comunismo de raíz vigila cuidadosamente para que estos motores, según los liberales, infalibles no se excedan en sus funciones o se cansen y gripen, como periódicamente sucede en las economías rígidamente capitalistas.
Que es lo que precisamente está sucediendo ahora en el inmenso país asiático que no sólo realiza 3 devaluaciones seguidas de su moneda, lo que mantendrá la competitividad internacional de sus productos, sino que tampoco le han dolido ninguna clase de prendas para infringir ese dogma inatacable que prohíbe a los Estados nacionales entrometerse en el natural discurrir de las Bolsas de Valores, realizando las tarea que ellos consideran necesarias para enderezar el funcionamiento de las mismas.
Esta ruptura de las normas inmutables que rigen la Economía tradicional, según las tablas de la ley económicas, debería de llevar a la economía china al mayor de los desastres, pero yo le pediría a mis lectores, si es que los tengo, que esperen un poco de tiempo para comprobar si los dogmas neoliberal capitalistas son realmente tan infalibles como sus acérrimos partidarios sostienen o si China ha conseguido establecer un nuevo paradigma económico en el que resultan totalmente compatibles la existencia de los mercados y la facultad de los Estados para intervenir eficazmente en su funcionamiento. 

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