sábado, 22 de agosto de 2015

El hombre es la medida de todas las cosas, dicen que dijo Protágoras

La doctrina del “homo mensura”-defendida, luego, por la sabidura hebrea:“no se hizo el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre”-, o sea del hombre como medida de todas las cosas que mide, por tanto, cualquier ideología política.
“Stabat mater” dolorosa, o sea, cualquier madre que ve sufrir a su hijo, o sea cualquiera de nuestras madres nos ve y nos ha visto a cada uno de nosotros como centro del universo, pero esto ¿se acerca a la verdad?
Rotundamente, no.
Las teorías políticas modernas conciben al hombre no como sujeto de derechos sino como una paciente víctima de todas las obligaciones.
Se discute acerbamente cuál es la peor de todas ellas, comunismo, nazismo, pero nadie se atreve a considerar siquiera al respecto al mantra de moda, el liberalismo.
Porque el liberalismo extrae su etimología de una de las más bellas palabras del mundo, la libertad.
Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre.
De modo que el hombre debe de ser absolutamente libre.
¿Y quién es el loco que se atreve, en principio, a oponerse a una máxima semejante?
Nadie.
Y menos que nadie, los liberales, en sentido económico.
Para un economista liberal es el libre juego económico de los factores de la producción lo que salvará, si llega a implantarse absolutamente, al mundo.
Y, según ellos, cada día estamos más cerca de conseguirlo.
Miremos, si no, a nuestro alrededor.
La Coe, confederación de empresarios españoles, cada día que pasa le arranca al denostado Estado un concesión más en orden a la libre contratación laboral.
Y el resultado es que tal vez los productos españoles, al ser unos de los más baratos del mundo, merced a los sueldos de absoluta miseria que se están imponiendo, puedan algún día llegar a competir con los de los gigantes asiáticos, pero, ¿a cambio de qué?
Miremos a nuestro alrededor, otra vez.
Cinco millones de trabajadores en paro, 12 millones de españoles viviendo bajo el nivel de la pobreza, la gente hurgando en los contenedores de basura para comer lo que sea.
-Pero eso-se nos dirá-sólo es un efecto transitorio. Pronto llegará la reactivación económica precisamente cuando más bajos sean nuestros salarios y, por lo tanto, nuestra competitivad internacional sea mayor.
Yo no sé si es que me estoy volviendo definitivamente estúpido, pero a mi este razonamiento me parece aberrante.
No acaba de entrarme en la cabeza este sofisma que sostiene que cuando menor sea mi sueldo será mucho mejor para mí, lo siento, pero no lo acabo de entender.
-Efectivamente, es usted muy estúpido porque se detiene en el primer estadio de la evolución de los precios y de los salarios, cuando éstos sean los más bajos del mundo, nos haremos con toda la producción mundial del sector porque venderemos todo lo que produzcamos y, entonces, cuando dominemos el mercado, el libérrimo mercado, impondremos nuestro dominio fijando los precios de tal manera que ya, sí, podremos subir nuestros salarios casi hasta el infinito.
Perfecto.
Pero ¿y si el resto de los que compiten con nosotros en el libérrimo mercado hacen lo mismo?
-No podrán porque nosotros estamos dispuestos a bajar los salarios tanto que, en realidad, la gente trabaje de balde. Y a esto sólo somos capaces de atrevernos nosotros.
Y en eso están.

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