jueves, 20 de agosto de 2015

Una sociedad monstruosa


Decía el inatacable Aristóteles que el hombre es un animal político y que el ser humano que no es polìtico o es un dios o una bestia, lo que venía a establecer como requisito constitutivo de la humanidad la necesidad ineludible de habitar en la polis, la ciudad, o sea, de vivir socialmente.
Plantear, hoy, con estas maravillosas ciudades el apotegma de que la nuestra es una civilización definitivamente enferma y una sociedad monstruosa parece, “a priori”, un despropósito.
Pero no lo es.
El hombre, su plena felicidad, es el principio y el fin de todas las cosas, entre ellas de la filosofía esencial.
Todo lo que contradiga este elemental principio es pernicioso para la salud de la “res” pública, como se comenzó a escribir hace ya millones de años, generando toda esa infinita literatura sobre el bien común, como el fin que debe perseguirse con toda organización social que se precie.
¿Reina el bien común en nuestras sociedades actuales o, por el contrario, un viento de locura imparable azota todas nuestras ciudades?
Para responder a esta inquisición es absolutamente necesario abstraerse de todos esos modernos inventos que, aparentemente, han elevado nuestras posibilidades de gozar de la vida, todas esas máquinas que enriquecen nuestras posibilidades de disfrutar de aspectos de la vida que antaño no eran siquiera imaginables.
Pero, en lo esencial, ¿hemos mejorado realmente?
Las cosas esenciales ¿son ahora mejores que antaño?
¿Son mejores el agua que bebemos, los alimentos que comemos, el aire que respiramos, las relaciones que mantenemos con nuestros semejantes?
Pero, sobre todo, ¿es mejor el propósito que guía a nuestros gobernantes en relación a buscar la felicidad de todos nosotros?
Este es el auténtico quid de la cuestión.
Y, aquí, siento la tentación de abandonar la escritura y dejar que cada uno de nosotros responda a este pregunta esencial.
Dada la cantidad tan enorme de poder que los dirigentes políticos de nuestras entidades sociales acumulan, podemos afirmar, sin temor a error, que tales individuos son dueños de todas nuestras posibilidades de encontrar la felicidad en nuestras vidas, que es de lo que realmente se trata.
Ahora mismo, ¿yo tengo posibilidades de gozar realmente, no teóricamente, desde el punto de vista de unas leyes que no van a cumplirse nunca, de una auténtica igualdad para formarme y ser lo mismo que los hijos de los plutócratas y, consiguientemente, disputarles los puestos de privilegio, o sea de llegar a disfrutar de esa libertad de la que tanto presumen?
¿O, por el contrario, los gobernantes actuales de lo que se preocupan realmente es de apartar definitivamente a los hijos de las clases sociales menos favorecidas de la posibilidad de formarse de una manera semejante a los hijos de las clases privilegiadas, lo que supone no sólo la perpetuación del actual estado de cosas sino el aumento progresivo e incontenible de las diferencias sociales?
Y, tanto más aún, de lo que se ocupan y preocupan los actuales dirigentes políticos es de asegurarse para siempre el dominio económico del mundo, de tal manera que el “statu quo” actual de dominio de una exclusivista minoría sobre la absoluta mayoría se perpetúe para siempre, creando las estructuras sociopolíticas adecuadas para que la situación actual sea totalmente irreversible.
O sea que, tal como decíamos al principio, la nuestra es una sociedad monstruosa que persigue implantar y mantener las peores estructuras de dominación imaginables.





2 comentarios:

Severiano Bocanegra dijo...

Aquí en Spáña sin lugar a dudas hay más bestias que dioses(respuesta a Aristóteles).Un abrazo D.José.

JOSE LOPEZ PALAZON dijo...

Muchas gracias, Severiano, por tu fidelidad.

El más fuerte de todos mis abrazos,

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