miércoles, 6 de enero de 2016

La libertad del liberalismo

“Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”-madame Roland, camino de la guillotina durante la Revolución francesa.
Pero también es celebérrima esta otra frase francesa: “laissez faire, laissez paseur”. Y la dijeron, la dicen y la seguirán diciendo hasta el fin de los tiempos los acérrimos partidarios del liberalismo.
Liberalismo, cuántos millones de crímenes diarios se cometen en tu nombre.
Los dos más grandes genios políticos, es cachondeo, que ha dado el mundo mundial se llamaron Thatcher y Reagan y también dijeron al unísono una frase histórica de alcance mundial: “el Estado no es la solución sino precisamente el problema”.
En verdad, en verdad les digo que no puede decirse un sacrilegio mayor.
Veamos.
El Estado, como forma de organización política de los grupos sociales humanos, nació precisamente para impedir que los fuertes, con cualquier clase de fuerza, aplastaran “libremente” a los débiles por cualquier circunstancia.
Y esto no sólo es una gran idea política sino la esencia de lo que hemos dado en llamar humanidad.
-“Homo sum et nihil humanum mihi alienum puto”, soy hombre y pienso que nada humano me es ajeno-nos dijo Terencio.
¿Cómo, entonces, hemos permitido que esta frase inmortal se haya prostituido de tal manera?
La respuesta a esta pregunta la formuló hace ya mucho tiempo Julien Benda cuando escribió La traición de los intelectuales, aunque él escribió literalmente “clérigos”.
Intelectual, dice la rae, es “3. adj. Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras. Político intelectual. Apl. a pers., u. m. c. s.”.
Yo, en el colmo del atrevimiento, voy a dar mi versión particular o particularísima: intelectual es el que hace profesión de su entendimiento, intelecto, en orden a buscar la verdad en cada asunto y transmitirla a sus conciudadanos.
Es por eso por lo que Julien Benda habla de la traición de los intelectuales porque éstos es posible que se hayan preocupado realmente de buscar la verdad, pero, si la han hallado, no la han trasmitido totalmente, en su integridad, porque es posible que gran parte de la economía deba regirse por los precios de mercado y éste tal vez debe de ser impulsado por ese afán canibalesco del enriquecimiento a toda costa pero todavía es más claro aún que en dicha lucha por el lucro infinito debe intervenir el Estado para que no tenga razón Hobbes cuando dice que el hombre es un lobo para el hombre, “homo homini lupus”, y la vida una lucha de todos contra todo, “bellum omnium contra omnes”.
Que es lo que está sucediendo en la actualidad.
La vida, a cualquier nivel, es una lucha a muerte por la supervivencia individual, todos luchamos contra todos en las oposiciones a barrenderos o a jueces o abogados del Estado, el problema, para los liberales, es como justifican que existe una auténtica libertad si los  que opositan a barrenderos son siempre los hijos de los pobres, los hijos de Eva, y los que lo hacen a las otras dos son siempre los hijos de la polla azul.
Y entonces viene Rajoy y, leyendo lo que escribe otro, nos dice que la igualdad, presupuesto indispensable de la libertad, no sólo no existe, sino que no debe de existir, porque no sólo es contraria a la justicia, sino la más genuina expresión de uno de los mayores vicios, la envidia, sí, la envidia igualitaria, ya que la propia naturaleza se ha cuidado mucho de establecer, veanse las famosísimas leyes del Méndel, que además del color de la piel, del cabello y de los ojos se heredan afortunadamente también la inteligencia y la voluntad de estudiar de modo que si èl sacò el nùmero uno en las oposiciones a registrador de la propiedad, el cargo mejor remunerado del mundo por no hacer prácticamente nada, no fue porque su padre se esforzó hercúleamente porque don Ramón Franco Bahamonde, hermano mayor del invicto Caudillo, saliera totalmente indemne de aquel famoso proceso del aceite de Redondela, motivado por la desaparición todavía inexplicada de miles de toneladas de aceite de oliva.
Esto es lo que Rajoy llama hijos de buena estirpe.

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