sábado, 6 de febrero de 2016

El odio y el desprecio

Algún día, cuando un tipo de la categoría intelectual de Ortega y Gaset se decida a dar un repaso a nuestra historia reciente, lo que seguramente le llamará más la atención será esa especie de sometimiento servil de la mayoría de la población a una casta que no sólo los desprecia sino que los odia.
Odio: “que se jodan, coño, que se jodan”, la hija de Fabra, en una sesión del Congreso de los Diputados del que formaba parte, no sé si habrá repetido su designación.
El porqué de este odio, lo juro, a mí no se me alcanza.
¿Es por la mala conciencia de la que hablaba Sartre? La clase dominante, la plutocracia tiene mala conciencia de su propia conducta opresora y por eso odia a quien oprime porque le hace sentirse esencialmente culpable.
Tal vez.
En cuanto al desprecio, la frase es de Alfonso Rus, alcalde de Játiva, presidente de la diputación de Valencia y no sé cuántos cargos más.
Esto sí que lo tengo un poco más claro.
Cojamos al prototipo de esta increíble gente.
Su desprecio hacia todos nosotros se basa en un silogismo en Bárbara tan simple como éste:
La oposición a registradores de la propiedad es la mejor de España porque es aquella en la que menos se trabaja y se gana más.
Yo fui el más jóven de los opositores que la ganó en toda su historia, con el número uno y a la primera vez.
Ergo yo soy el tío más listo de España y, por lo tanto, el que debe encargarse de regir sus destinos.
No se rían, por favor, esta gente funciona así.
Y su instinto canalla les hace reconocerse mutuamente al instante:
-Te quiero, Alfonso, te quiero, coño, no lo puede remediar pero te quiero-Rajoy al tal Rus en una de esas frecuentes visitas que el jefazo hacía a Valencia, la región que le llevó al triunfo cuando Aguierre, la Cólera de Dios, intentó cargárselo no hace tanto tiempo.
Y el tal Rus es el tipo aquel que ganó la alcaldía de Játiva prometiéndoles a los xetavenses que si el se convertía en su alcalde les llevaría la playa, el mar, a allí, a aquel pueblo que se halla muchos quilómetros de la orilla del Mediterráneo:
-Coño, y los tíos se lo creyeron y me votaron. Si será burros.
Todo esto es textual. No me he inventado una coma.
La pregunta que surge impetuosamente es: de verdad, ¿los xetavenses son tan burros?
No. Lo que sí que son es profunda, radical, esencialmente inmorales.
Basta ya de ese respeto sacramental al pueblo. El pueblo de Játiva conoce mejor que nadie al que designó como su alcalde. Medio pueblo era ya suyo pero él quería ser dueño de todo, no sólo de los ferrariss y de los mercedes, que ya no sabía donde aparcarlos, no, él quería ser un nuevo rey de Taifas, que todos los xetavenses le pagaran tributos por todo lo que hicieran, el panadero por sus panes, el sastre por sus trajes, todos por todo, coño, ¿acaso no era él el principio y el fin de toda la riqueza que se produce en el pueblo? No en balde el tal Rus saltó a la fama porque este inefable Marcos Benavent, el rastafari del dinero, como él mismo se llama, le grabó íntegra una conversación en un coche en el que lúbricamente Rus contaba, avaricioso, el dinero que acababan de recaudar: “.....doce mil euros, dos millones de las antiguas pelas”.
Estoy seguro que allá, en la cúspide de este infame organigrama del PP, Rajoy, hacía exactamente igual, porque en el fondo todos estos cleptómanos son tan iguales que casi parecen el mismo individuo.
Acaba de descubrirse que Rajoy gana incluso donde todos pierden, en la jodida Bolsa. ¿Será posible? Claro que lo es, todos estos tíos tienen un instinto infalible para oler el dinero.
Pero éste no era el tema de hoy. Yo quería escribir sobre por qué a estos tipos los siguen votando en gran medida unos cuantos millones de personas que no sólo no son tontos sino todo lo contrario.
El tonto, el gilipollas es el obrero o el jubilado que los vota y que no ve como esta gente está dilapidando el fondo de pensiones y el seguro del paro porque estos tíos se llevan el dinero no ya de donde lo hay sino de donde ya no queda un euro, porque son especialistas en hipotecar el futuro.
La inmensa mayoría de los que los votan no son ni obreros ni pensionistas, sino ellos mismos, quiero decir que esos millones de votos que forman el firme suelo que sostiene al PP, y esos 800 mil afiliados al partido que ellos exhiben siempre con tanto orgullo, no son sino los mismos cleptómanos que pululan por todas partes: el tendero que roba siempre en el peso, el emprendedor que no paga no ya a la SS sino tampoco a sus empleados con el menor pretexto, etc. etc., toda esa gente que gira a nuestro alrededor y que cambia de coche o de piso a la menor oportunidad, porque sabe que los de arriba ya se preocuparán de que todo siga así.
Cómo no van a votarles 7 millones de personas si esos 7 millones son ellos mismos y lo escribo en el sentido textual: cuando uno de ellos se descuida en sus robos y lo trincan, es su propio hijo, su hermano o su esposa la que sigue con el mismo negocio, como acabamos de ver con Gómez de la Serna y Arístegui, los dos últimos comisionistas atrapados. En ambos casos, los hijos y las esposa, incluso las provectas madres, son los titulares de las sociedades creadas y alimentadas desde sus cargos políticos por ellos.
Y es por eso por lo que nos desprecian y nos odian: nos desprecian porque somos basura, seres incapaces de rebelarse contra su infame destino, y nos odian, coño, porque estamos ahí, como en las obras de Genovés, pétreos, macizos, irrompibles, gritándoles con nuestras simple existencia que ellos son unos aprovechados criminales.

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