lunes, 11 de abril de 2016

Prohombres


Prohombres, el Ibex o Tibex no sé cuantos, Ciudadanos, el primoriverismo, la conversión del contrato único en el sin contrato, la abdicación del jefe porque la conciencia ya no le deja dormir.
Era el mejor empresario del país, tan bueno era que el resto del empresariado lo consideraba su mayor y mejor ejemplo y le encargó que dirigiera oficiosamente ese conjunto de empresas que se consideraba la muestra más representativa de la producción industrial del Estado. El Ibex, Tipex o Cipex 25, 35, 45 o 55, o algo así.
La 1ª de sus grandes lecciones la dio cuando aún era joven, no demasiado joven pero joven, al fin. Era presidente del consejo de administración, o sea el mandamás absoluto de una de esas empresas que se enriquecen prodigiosamente machacando la salud del resto de los ciudadanos. Fabricaba alcoholes o tabacos o algo así. O sea que era un empresario que empezaba pero que mostraba ya muy buenas maneras. Tan buenas eran sus maneras que pensó lo que piensa todo el mundo cuando ve que el dinero fluye espontáneamente a su alrededor:
-Coño, pero si todo este dinero lo estoy aflorando yo ¿por qué no voy a retribuirme a mí mismo adecuadamente?
Y dicho y hecho. Proyectó una ampliación de capital de la empresa y ordenó al sobrino de su señora que comprara cien millones de acciones de la compañía. Cuando se hizo pública la ampliación, las acciones subieron exponencialmente y el negocio fue uno de los mejores que nunca se hicieron en el país.
Alguien, uno de esos enemigos que todos tenemos, se enteró del gazapo y lo denunció y el caso no tuvo más remedio que ir a los tribunales, como el de las cesión de primas que el difunto Botín hizo en el Santander, pero nuestro ejemplar empresario no iba a ser menos que el padre de Ana Patricia, que ahora ha anunciado que va a cerrar tropecientas sucursales del mejor de nuestros Bancos y echar a la calle no sé cuántos miles de empleados porque ha ganado unos cuantos miles de millones menos, a lo que colaborará decisivamente, porque para eso se creó el partido que dirige, Albert Primo de Rivera, que la próxima innovación que va a introducir en su programa de gobierno es suprimir ese lujazo del contrato único y sustituirlo por el contrato inexistente, es decir que los trabajadores acudan, como en los viejos tiempos de mi pueblo, a la plaza mayor cada mañana y el capataz de turno diga: “necesito mil albañiles hoy pero no sé cuantos precisaré  para mañana, así que, hasta mañana, señores”.
 De manera que los no contratados se irán a su casa y se acostarán, porque, acostados, se pasa menos hambre y menos frío.
Pero, coño, ya me he ido por los cerros de Úbeda.
Estaba hablando del empresario listo que ganó muchísimos millones haciendo que el sobrino de su mujer comprara miles de acciones de la empresa que él dirigía meses antes de aprobar en el Consejo de Administración una magnífica ampliación de capital.
 Lo denunciaron, fue a los tribunales pero no pasó nada porque la acción penal, ya no me acuerdo cómo ni porqué prescribió, o sea que igual que a Botín, nada de nada.
Bueno, sí, como había demostrado de lo que era capaz, lo hicieron presidente de la mayor empresa española y qué les voy a contar.
Allí, hizo todo lo que le vino en gana. Cuando yo trabajaba allí, la empresa tenía de plantilla 75 mil empleados, ahora no tiene ninguno, primoriverismo puro y duro, el ofrecía trabajo todos los días, pero lo trabajadores tenían que acudir a los puestos de trabajo con sus propias herrramientas, con sus propios coches para desplazarse y pagándose la gasolina. Los salarios, de auténtica miseria, no sobrepasaban nunca los mil euros de manera que uno de ellos venía a mi casa a recoger la comida que nos sobraba y no podía traerse con él, desde Sudamérica, a la mujer y a los hijos y él vivía, con otros compañeros de trabajo, en un piso lleno de literas.
Pero ni aún así la cosa carburaba porque la jodida China apretaba que no veas. De modo que nuestro prohombre no tuvo más remedio que dedicarse a comprar empresas sudamericanas del mismo ramo, lavarles la cara y revendérsela a otros empresarios inexpertos.
Pero se ha cansado, se le ha muerto la mujer y no duerme con tantas preocupaciones, de manera que ha abdicado, porque de un reinado se trata, en su primogénito y se ha ido a casa con un montonazo de millones de euros.
Esta es la historia, más o menos, del mejor de todos nuestros empresarios.

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