domingo, 3 de julio de 2016

Los verdugos no tienen miedo.

Explosión de las bombas atómicas  Fat Man y Little Boy sobre las ciudades víctimas Hirosima y Nagasaki
Respuesta a mi admirado amigo Aníbal Malvar, con motivo de la publicación de su artículo “El miedo de los verdugos”, en Público del  día de hoy .
“In illo tempore”, en aquellos añorados tiempos en los que podía escribirse y triunfaba una obra como Fuenteovejuna, en la que un pueblo entero respondía a la inquisición “¿quién mató al Comendador” con un contundente “Fuenteovejuna, señor” y todavía más, después, de que se pudiera someter el cuello de una reina a la caricia de la guillotina por haberse atrevido a decir aquello de “¿que no tienen pan para comer? Que coman pasteles”, y, por último, después de que la frase de uno de los más grandes novelistas de todos los tiempos nos describiera a todos nosotros diciendo que no sólo éramos los humillados, sino también los ofendidos, lo que supuso el comienzo del apocalipsis: “y cuando el ángel levantó el séptimo sello se hizo en la Tierra un silencio como de media hora”.
Media hora, media hora según el tiempo de los ángeles y de los dioses. 
¿Cuántos años, cuántos siglos, según nuestra contabilidad temporal?
Los Usa con el Enola Gay, levantaron un poco el séptimo sello en Hirosima y Nagasaki y el mundo entero calló ante aque horror insuperable.
Sólo fue una advertencia pero resultó lo suficientemente amenazante.
      
Y los aguerridos samurais del rey japonés pidieron inmediatamente una paz sumamente deshonrosa que para muchos de ellos supuso un inmediato harakiri.
Pero al séptimo sello apenas si lo había rozado el dedo del ángel.
Y eso que aquel Apocalipsis apenas era un modosito cuento de navidad, ya que se calcula en miles de millones el número de cabezas nucleares que se almacenan en todo el mundo.
De modo, Aníbal, que si los verdugos tienen miedo sólo pueden sentirlo de sí mismos.
 

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