lunes, 15 de agosto de 2016

La derecha ¿puede ser democrática?

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Lo que define sustancialmente a la derechas es la sublimación del instinto de conservación, por eso se les llama, simplificando, conservadores.
Decía Margaret Thatcher, junto a Reagan, la mejor intérpete de la derecha moderna, que no existe la sociedad sino tan sólo el individuo, y que el Estado no es la solución sino precisamente el problema.
Y, desde su punto de vista, ambos tenían toda la razón.
Lo que sucede es que se trata de una razón absolutamente asquerosa, repugnante.
Antes, el príncipe de Lampedusa, ya había lanzado como el que no quiere la cosa su famoso apotegma: es preciso que todo cambie para que todo siga igual, que no era sino la más dura de las reacciones viscerales del miedo a la izquierda.
Marx había lanzado ya su vigoroso “Proletarios de todos los países, uníos” y el oscuro filósofo-literato italiano había comprendido que si la invocación del gran economista alemán tenía su ineludible respuesta, el mundo, su mundo conservador, ultraderechista, nuestro mundo actual, saltaría indefectiblemente por los aires.
Y la ultraderecha que pule su cerebro, que agudiza su inteligencia en las mejores universidades del mundo, decidió afrontar decididamente la situación, algo no ha querido todavía hacer la izquierda.
Si las batallas por la hegemonía política, o sea, por el poder se habían de librar en unos parlamentos sedicentemente democráticos, ellos también daría la batalla allí.
Porque las batallas por el dominio de las calles ellos saben que siempre la tendrán ganadas con leyes como la reciente Ley Mordaza del PP, que no es sin la plasmación legislativa del famoso "la calle es mía", fraguista.
De modo que unos señores que sostienen filosóficamente que es la avaricia pura, ellos la llaman “ánimo de lucro”, para edulcorar un poco las cosas, la que debe regir la convivencia de la gente, han entrado con tropas y bagajes en la pelea democrática, pero, repetimos, ¿puede la derecha que es por esencia, presencia y potencia, rigurosamente conservadora, ser demócrata?
El ánimo de lucro, o, sin ninguna clase de eufemismos, la avaricia pura y dura, el afán asesino, depredador,la lucha a muerte porque prevalezca el interés individual, sobre el interés social de lo comunitario, aquél del que la Thatcher y el Reagan abominaban de aquella mala manera, se disfrazó con sus mejores galas y lo que parece increíble,absolutamente increíble, ha convencido a todo el mundo de que ellos son más demócratas que nadie, que ellos están dominados, imbuidos, totalmente poseídos por el mayor delos afanes democráticos, porque ellos no son la aristocracia o la oligarquía como tan engañosamente se les denomina por las lenguas bífidas de las serpientes marxistas sino lo más socializador y democrático que ha parido madre.
Y ahí los tenemos, ganando casi siempre por mayoría las elecciones “democráticas” a los todavía más democráticos parlamentos de todo el mundo, haciendo realidad el mandato lampeduisiano, es preciso que todo cambié para que todo siga igual.

viernes, 5 de agosto de 2016

El círculo

Dicen que la figura perfecta es el círculo y eso lo sabe muy bien el mejor discípulo hasta ahora de Franco, Rajoy.
Cuentan que el Invicto tenía sobre su mesa de despacho dos enormes montones de capetas con diversos asuntos pendientes de resolver de los cuales, él, Franco, personalmente no resolvió nunca ninguno, sin embargo, su secretario, diariamente repasaba ambos montones y retiraba de aquella abarratoda mesa los asuntos que el tiempo, por si solo, iba resolviendo.
Es lo mismo que hace Rajoy. La ultima finalidad de su gobierno que ahora mismo acaba de cerrarse era cumplir a rajatabla el mandato del Invicto: que todo acabara atado y bien atado.
Aquellos descerebrados tipos que tanto estudiaron la política eran unos gilipollas integrales. ¿Estudiar, analizar, desentrañar el fondo de los problemas, para qué, si ellos mismos, por el impulso ciego de la fuerzas vitales, acaban por resolverse solos?
Si al no tener nada que hacer absolutamente, el tiempo les sobraba por todos los lados, estos preclaros, egregios personajes podían dedicarse a las más refrigerantes lecturas, los diarios deportivos y novelas de guerra.
De modo que Aristóteles, Santo Tomás,Kant, Hegel y, sobre todo, Montesquieu no eran sino pesados moscardones que aburren sobremanera con sus teorías sobre el gobierno de los Estados y de los hombres.
Si, en El espíritu de las leyes, Montesquieu nos dice que los poderes del Estado son los célebres legislativo, ejecutivo y judicial, ¿qué valor podemos darle a una teoría que se olvida de mencionar al poder   base de todos los poderes, el militar?
Estos aparentemente sabios, viejos y sesudos, encerrados toda su vida en sus oscuras bibliotecas ¿qué es lo que realmente pueden saber de la puñetera realidad?
-El poder legislativo soy yo y el ejecutivo, también, en cuanto al judicial, los jueces ponen las sentencias que ellos saben que yo quiero que dicten. Y todo es perfecto, funciona como la más ajustada de las máquinas. Sólo una cosa me preocupa, el futuro, todo esto   seguirá funcionando así, mientras yo viva, pero ¿y cuando no lo haga?
Y, allá, en el fondo de una inmensa sala llena de papeles y teléfonos, una especie de energúmeno leía, gritaba, daba puñetazos sobre la mesa y cortaba los hijos de los teléfonos con unas enormes tijeras. Los gritos de aquella especie de monstruo eran tan fuertes que llegaban directamente hasta el palacio de El Pardo, donde su serenísima excelencia musitaba “éste es mi hombre”.
Y así fue, el Invicto murió, y el salvaje gritón tomó las riendas del cotarro y se puso a copiar todas aquellas cosas que habían dado buenos resultados en los países vecinos y entre ellas, cómo no, la Constitución alemana, filtrada, claro está, por la salvaje locura de un franquista redivivo.
Dicen las malas lenguas, que haberlas haylas, que en la habitación de al lado a aquella en la que debatían los padres de la Constitución, se reunía paralelamente otras comisión formada por los militares mas acérrimos a los que le pasaban los párrafos aprobados, cada día, por los sesudos legisladores, y que lo que prevalecía realmente era el texto de los militares.
De modo que no debe extrañarnos que la susodicha Constitución no sirva para otra cosa que para mantener atado y bien atado el “statu quo” franquista.
Pero, por si esto fuera poco, Fraga y los suyos se cuidaron mucho de que los hombres encargados de aplicar no sólo la Ley de Leyes sino también cualquiera otra que surgiera de un Parlamento absolutamente domesticado, fueran más franquistas que Franco, lo que consiguieron estableciendo un sistema de elección y formación de jueces que hace impensable que exista un sólo juez progresista.
Quedaba, pues, únicamente un cabo suelto. Por muy carcas que fuera la inmensa mayoría de los diputados, si el presidente del Congreso, una única persona que puede resolver de vez en cuando asuntos de extraordinaria importancia se quedaba fuera del círculo, a veces, como sucede ahora mismo, podía adoptar una resolución, señalar fecha para la investidura de Rajoy, que diera al traste con todas las previsiones de la carcundia.
Pero esto acaba de resolverse a favor de ésta, con lo que el peligro ha sido conjurado, y el círculo esa figura geométrica perfecta se ha cerrado como más convenía a los intereses del más rancio franquismo: la mano derecha de Rajoy, le persona en la que más confía en el mundo, ha sido elegida como presidenta del Congreso y señalará día para la investidura cuando más le convenga a éste y, si no le apetece nunca, no lo señalará nunca.
Y, como el Tribunal Constitucional hace ya mucho tiempo que lo tomaron por asalto los miembros del PP, todos con sus carnets colgando de sus bocas, ¿a quién se puede recurrir en este país en busca de justicia?
El círculo está completamente cerrado para siempre puesto que todo parece haber cambiado pero la realidad es que todo sigue igual en el mejor de los mundos posibles.

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