lunes, 12 de septiembre de 2016

La traición de los intelectuales

Podemos cambia de etiquetas
La verdad es que estoy un poco asqueado de los que se llaman a sí mismos “partidos de izquierda”.
La izquierda o no es nada o es la pasión por la justicia, aquel dar a cada uno lo suyo de lo que nos hablaba ya el viejo Ulpiano, aunque él añadía dos cosas más: vivir honestamente y no dañar a otro.
¿Cómo es posible que una parte considerable del Psoe ande cogiéndosela con papel de fumar en uno de los trances más duros de la historia de nuestro país, cuando la gente está ya muriéndose de hambre por las esquinas y vemos cómo es echada de su casa a palos por los hombres que hasta hace muy poco mandaba Cristina Cifuentes y de los que tan mal uso acabamos de saber que hace nuestro inefable ministro de Interior?
Si yo tuviera los reaños y el talento de Cicerón, al que asesinaron sus coetáneos por hacer preguntas como las que yo quiero formular aquí, preguntaría a los del psoe, podemos, ezquerra y los otros a qué esperan para intentar con todas sus fuerzas evitar esa sangría interminable de niños depauperados por falta de alimento y viejos y dependientes agonizando solos por falta de la más elemental atención.
Yo que soy ya muy viejo y que todavía no estoy desatendido siento una enorme angustia y una terrible ansiedad cuando pienso en todos esos semejantes míos que, a lo peor, esta noche no tienen dónde dormir y si lo tienen carecen del afecto de una mano amiga que los conforte.
Y, mientras tanto, tengo que soportar que Pedro Sánchez le exija a Pablo Iglesias que abjure del independentismo catalán para pactar con él en orden a intentar echar al apóstol de la desigualdad y de la injusticia de ese nefasto palacio desde el que se han pensado los mayores crímenes cometidos contra la justicia distributiva en este país.
Y es que todos los intelectuales de las últimas levas de la humanidad se han dejado derrotar por esa inmensa legión de canallas que ha impuesto en el mundo esa idea criminal de que todo vale con tal de crear riqueza, porque esto es lo esencial, no que se distribuya la que había, la que hay y la que habrá, sino que los dueños de la tierra, las materias primas y del capital aumenten la que tienen en una lucha feroz por ver quién encabeza la lista de Forbes, lo que, por cierto hace ahora el español Amancio Ortega, que exprime hasta la últimas gotas de sangre y de sudor a todos los esclavos asiáticos que trabajan para  que, en ninguna de las tiendas de Zara, falten atuendos para que se vista toda esa patulea canallesca que se se niega a pensar que, con sus compras, contribuye a que ese Creso maldito haga ostentación mundial de su sangrienta riqueza adquiriendo los edificios más emblemáticos de todas las mayores capitales del mundo.
Por eso se me revuelve hasta la última entraña cuando oigo a uno de esos cínicos tertulianos afirmar tajantemente que todos los millonarios del mundo son la honra de la humanidad.

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