miércoles, 14 de septiembre de 2016

Pastores y borregos. Un país sin dignidad

Hace muy poco, cuando lo de los papeles de Panamá, el presidente del gobierno de Islandia, un pequeño país septentrional, que tiene más géiseres y volcanes que habitantes, tuvo que dimitir en menos de 24 horas, porque su nombre apareció en aquella lista. No tuvo más remedio porque el pueblo entero se echó a la calle y se posicionó con ánimo de permanencia enfrente del palacio presidencial.
Aquí, no pasa un solo día sin que una nueva fechoría del gobierno nos indigne.
Pero es igual. Parece como si esa legión menguante de individuos que nunca han poseído un adarme de dignidad y de vergüenza estuviera realmente blindada para cualquier ataque de ignominia.
Da absolutamente lo mismo que el gobierno se haya cargado sin el menor empacho la celebérrima división de poderes, sin la que no sólo no puede haber democracia sino un Estado que merezca este nombre, si son los mismos tíos los que hacen las leyes, las ejecutan y, luego, son también las que someten los actos del gobierno al teórico control de los tribunales, convirtiendo a un grupo de amigotes en una especie de Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.
Y esto es lo que, lamentablemente, está ocurriendo en España desde hace ya tanto tiempo que la gente se ha acostumbrado  de tal manera que  ni siquiera percibe una tal acumulación de indignidad.
De modo que, en mi modesta opinión, lo que ocurre aquí, en este país, de todos nuestros pecados, no tiene solución, porque la indignidad y las tropelías forman ya parte inseparable del paisaje de manera que todo lo que el gobierno haga ni siquiera será ya enjuiciado, ¿para qué?, si todo da igual.

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