lunes, 19 de febrero de 2018

La teoría de los juegos y el dilema del prisionero

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Somos hijos irredentos de Franco y de Fraga y, por lo menos, a mí no me vale de nada que se me arguya que nuestra Constitución es una mala copia de la alemana porque creo firmemente en eso de que mal de muchos es consuelo de tontos y, al fin y al cabo, “Alemania, Alemania sobre todo”, de Hitler, es más o menos lo mismo que “América, lo primero”, del ínclito Trump, o sea, fascismo puro y duro, camuflado con una buena capa de pintura.

O sea que sí, que nuestra constitución, una mala copia de la alemana y de algunas otras, no es más que el remedio que Franco le encargó a Fraga para que pareciera que todo había cambiado cuando todo iba a seguir por siempre y para siempre, igual, conforme al sabio mandato del inefable Lampedusa.

Es por eso que yo me atrevo a titular hoy: la teoría de los juegos y el dilema del prisionero porque de eso se trata, de una especie de juego de tronos que tiene que ser resuelto, qué ironía del destino, por el encerrado en Estremera.

Que todo lo que nos sucede es una especie de juego, terrible, inhumano, cruel, sangriento hasta la saciedad, no creo que nadie, honesto, se atreva a discutirlo, con más de 14 millones bajo el umbral de la pobreza, con más de 3 millones de parados, más otros miles de desahucios más y miles de personas eligiendo esa que Albert Camus, en “L’homme revolté”, considera que es la única salida digna del hombre, el suicidio.     

De modo que todo lo que nos sucede a casi todos los españoles no es más que una especie de juego trágico en el que todos nos agitamos inconscientemente intentando sobrevivir no sabemos muy bien para  qué.

O sea que, efectivamente, todo lo que se escriba intentando desentrañar qué y por qué nos pasa todo esto forma parte de la teoría de los juegos, y, como más adelante veremos, la situación a la que Oriol Junquera se enfrenta es el dilema del prisionero.         

Porque no es un juego diabólico esta maldita trampa en que nos hallamos atrapados todos los españoles, con una clase política dominante incapaz que no mira más allá de lo que sucede ante sus propias narices y con un egoísmo tan monstruoso que sólo se preocupa de lo que va a sucederle a ellos inmediatamente.    

Que la ultraderecha española, PP, se emperre en defender más allá de toda lógica no ya política sino siquiera humana, una posición que se incardina fuera de toda las coordenadas aristotélicas, puede considerarse incluso normal, dado el nivel de egoísmo que aflige al hombre, pero que un partido que se autotitula de izquierda, como el Psoe y otro, qué se denomina de centro, Ciudadanos, le sigan férreamente en la actitud suicida que va a situar al Catalunya fuera, por lo menos, sentimentalmente, de España, para siempre, es absolutamente inconcebible.                                 

Por no hablar de ese otro partido, Podemos, que ha frenado en seco su actitud regeneradora en el mismo momento que ha comenzado a tener responsabilidades políticas prácticas.

Y es que todos ellos se han mostrado incapaces de superar esa mala  teoría de los juegos en los que se concreta nuestra política.

En cuanto al dilema del prisionero, ahí tenemos al pobre Oriol Junqueras, encerrado en una celda de la cárcel de Estremera, ocupando su tiempo en leer los miles de cartas que parece ser que recibe, dar instrucciones a su gente, asistir a misa y jugar al fútbol con otros reclusos de la misma cárcel.

Su dilema radica en que, en contra de lo que él y los suyos esperaban, el partido creado a toda prisa por Puigdemont ha sacado más votos que el suyo por lo que se enfrenta a una situación, en cierto modo diabólica: si hace lo que toda la lógica impone, sacrificar el destino presidencial del autoexiliado belga, cuya presencia en la sesión de investidura ha devenido en imposible gracias a las normas impuestas por el tribunal creado por aquella Constitución que Fraga lograra imponer bajo la tutela de los sables, pasará a la historia catalana como el traidor esencial que puso por delante su propio interés político al obligado cumplimiento del deber de respetar el mandato de su pueblo que consagró presidente de la Generalitat para todos los siempres al referido Puigdmont.

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