lunes, 4 de enero de 2010

Democracias formales

96.- Comentario por eutiquio04/01/2010 @ 21:02

Desde que tengo uso de razón, resulta que un extraño instinto se despierta en mi interior y protesta callada pero insistentemente contra algunas afirmaciones que el mundo entero reconoce explícitamente. Unas de ellas son, por ejemplo, que España y Usa son democracias reales.

Hasta que, un día, leo la magnífica declaración de Lampedusa, que valientemente desenmascara para siempre a la derecha: todo lo que hace ésta no es sino el resultado de una estrategia encaminada a realizar cambios aparentes en la superficie para que, en el fondo, todo siga igual. Es la combinación de dos principios fundamentales por parte de la más atroz de las derechas: 1) la aspiración indesmayable a la más completa y absoluta dominación del mundo y 2) el establecimiento de la hipocresía como máxima fundamental: ese dominio mundial hay que lograrlo de tal manera que parezca que todo es como es debido, que todo sigue igual.

Otro día, también muy importante, John Kenneth Galbraith, uno de los mejores y más acreditados economistas de los Usa, consejero favorito de los Kennedy, en otro rapto de sinceridad, nos dirá en su obra capital, La estructura del nuevo Estado industrial, ni más ni menos que “sólo algunos pensadores marxistas han llegado a vislumbrar la auténtica realidad del poder sobre el mundo: que el conjunto de las grandes empresas norteamericanas es el sistema en sí”.

Y, luego, gracias a Huang-Ho, llegan a nuestro conocimiento las desvergonzadas y absolutamente canallescas, las insuperables y criminales instrucciones que Dulles, el primer jefe directo no militar de la Cía, da a todo su personal en el más completo ejercicio de cinismo que contemplan los siglos, al lado de la cuales los principios de Goebbels no son más que un inocente juego de niños.

Y, por fin, hoy, gracias Vicenc Navarro, catedrático de ciencia política de la Universidad Pompeu Fabra, llegan a nuestras manos una serie de estadísticas estadounidenses que demuestran fehacientemente que el pueblo usaniano se siente esencialmente estafado por su clase política, senadores y congresistas, que no son sino serviles instrumentos de sus amos, aquellas formidables corporaciones económicas que Galbraith nos decía que son el auténtico poder que gobierna el mundo y que son los que financian hasta el último céntimo las campañas electorales de éstos que deberían ser los representantes directos del pueblo americano y sólo lo son de sus grandes compañías que les ordenan las leyes que tienen que aprobar y las que tienen que rechazar.

De modo que lo siento muchos por esos notables seguidores de los Usa que, a veces, se han opuesto ferozmente a mis ataques contra éstos, pero en los EE. UU. de democracia, nada.

En cuanto a la democracia española, no creo que tenga que esforzarme mucho para demostrar que ni por asomo lo es, en tanto en cuanto nuestra Constitución, como Ley de Leyes, fue redactada por una mayoría de derechistas que impusieron radicalmente sus criterios para que se cumpliera a rajatabla el mandato inexorable de Lampedusa: hacer un indignante paripé para que las normas más conservadoras del mundo nos gobernaran eternamente ya que la propia Constitución, que cumple a rajatabla el propósito del invicto Caudillo, de que todo quedara bien atado para siempre, está redactada para que no pueda ser modificada en ninguno de sus artículos si no es con el beneplácito de la mayoría conservadora, de modo que no lo será nunca si no es a través de una auténtica revolución mediante las armas.

Y, así, se producen espectáculos tan sangrantes como el que ahora contemplamos, que una ley orgánica, el Estatut de Catalunya, votada favorablemente en las Cortes catalanas, aprobada en las españolas, avalada por un referendum catalán, lleva ya 3 años y medio detenida en un Tribunal llamado Constitucional, que impide que una norma tan democrática que ha soportado 2 votaciones parlamentarias y un referendum realizado en el territorio en el que se debe de aplicar sea desautorizada por 9 hombres y mujeres que deberían de ser justos y no son sino la última carta que la derecha que nos gobierna se guarda en la manga para que no adquiera rango de ley en España nada que no convenga a aquel desideratum de Lampedusa: es preciso que todo cambie para que todo siga igual.

Democracia, ni hablar, hipocresía y mentira, pura y dura.

Buenas noches y buena suerte porque, como veis, la vamos a necesitar.

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